cronica


REHENES DE LA MUERTE
ATADOS AL DOLOR

“Dios lo espera, la muerte es su amiga, no tenga miedo, tenga paz”, dice Laura Sánchez, mientras sujeta la mano de un moribundo de VIH y Sida. Un quejido sordo se escucha en la habitación y la muerte entra por la ventana; llevándose entre sus garras, los sueños y las ansias de vivir.

Laura Sánchez (59), anestesióloga retirada, dirige Casa Zulema, ubicada en la aldea El Retiro, Valle de Ángeles, a 25 kilómetros al noreste de Tegucigalpa. Ahí atienden  niños y adultos infectados con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida).
 Es un lugar mágico, un rincón lleno de amor; donde se dan cita la vida y la muerte; en el que la distancia entre una y otra puede ser  cuestión de minutos. Donde el miedo es el amigo más cercano de los que ahí habitan.

Actualmente son 19 personas las que atiende Casa Zulema, bajo el cuidado de dos empleadas, quienes obtienen un salario pagado con el dinero que Laura recibe de su jubilación,  y dos voluntarias  permanentes;  Deysi Torres y Laura Sánchez.

Jeroboan es uno de los asistidos, estaba en segundo año de ingeniería y se contagio por tener relaciones sexuales. Tiene un hongo en el cerebro que lo ha dejado hemipléjico, no tiene movimiento en todo el lado derecho del cuerpo, ha perdido la memoria; solo recuerda tres de sus hermanos. También perdió el gusto; todo le sabe a frijol, plátano y arroz.

Martha García (58), ignorando que era portadora del virus, padeció los síntomas durante más de 10 años, vivía en la colonia Los Pinos de Tegucigalpa, fue contagiada a la edad de 36 años.
“Eran como las cinco de la tarde, yo iba a buscar leña, me encontré con dos hombres marihuaneados que me metieron a un monte. Me golpearon hasta cansarse y después me violaron”, lamenta Martha, lágrimas ruedan por sus mejillas.

Ella trabaja de lavar y planchar ropa, vivía con su madre, su marido y su hijo David. Su  marido era un “borracho” que siempre la golpeaba pero  hace dos años que se  murió por “bolo”.
A los 49 años se entero que estaba infectada porque fue llevada al hospital San Felipe con diarrea y vómitos. Fue hace más de 9 años que llego a casa Zulema.

 “Casi no duermo porque tengo miedo de cerrar los ojos y no volver a despertar, cada minuto de vida, es oro para mi” añade Martha, una mujer demacrada, con manchas en la piel.
Las pastillas hacen que todo el día ande  “mareada, con ganas de arrojar” y siempre está muy cansada. Martha toma “cinco a veces 8” pastillas al día.

Este albergue, fue fundado en 1998 por el párroco español, Ramón Martínez,  quien decidió fundar esta casa para cumplir una promesa a Zulema quien, era empleada de un banco y contrajo el virus con su esposo, quien aun sabiendo que era portador, se caso con ella.
El padre Ramón la conoció en el Hospital Escuela,  cuando ella estaba en la fase terminal. Zulema no quería morirse y le suplico, que ayudara a las personas contagiadas  con la misma enfermedad; conmovido,  decidió fundar un lugar con el nombre de ella, para que nunca muriera y siempre fuera recordada.

La actual directora de este hogar afirma ser una “mujer normal” quien desde pequeña jugaba a ser enfermera y sentía deseo de ayudar siempre se preguntaba “¿Jesús donde estas para abrazarte?”. En un retiro, conoció al padre Ramón quien le dijo que iba abrir un centro para atender enfermos de VIH y Sida. Ella fue  la primera voluntaria. Comenzaron con tres pacientes.
 “Cada día siento que dios me abraza, estas personas, me hacen un  favor al dejarse ayudar”, agradece Laura.

 En los primeros años de fundación, Laura no vivía en casa Zulema, pero un día decidió abandonar a sus tres vástagos y a su esposo; para dedicarse de lleno a sus “otros hijos”.
El único de su familia que aun la apoya es su hijo Javier (27), Licenciado en finanzas, quien comparte con su madre la pasión de ayudar. Cuando ella sale de viaje, él queda a cargo del albergue.

La bondad de Laura, también se refleja en su forma de vestir “antes de Casa Zulema yo gastaba mucho dinero en ropa, zapatos y carteras  de marca. Ahora fabrico mi propia ropa y también uso de la que me regalan para los pacientes;  porque no podemos viajar en el tren de la vida en primera clase,  mientras los  que queremos van atrás” argumenta Laura.

Varias de las personas que se han estabilizado en Casa Zulema, se han ido a vivir solos o con sus familiares, aunque algunos por “la carga moral o el rechazo” recurren al suicidio.
Casa Zulema le ha dignificado la vida a decenas de pequeños, pues han sido dados en adopción en España, Francia y Estados Unidos, mejorando así su condición de vida.

Son muchos los casos “dolorosos” que se han dado en casa Zulema:
“Es triste ver que un niño lucha por vivir mientras la muerte lo está arrastrando”. Un niño de 9 años, tenía hongos en sus pies y se los pasó a la nariz porque se los tocaba. Laura  lo encontró sangrando y le decía: “¡¡¡Laura no me quiero morir, Laura por favor no me deje morir!!!”.

Tania, nació infectada soñó con ser profesora y no pudo terminar el ciclo porque su carga viral aumento, cayó en cama con tuberculosis, una noche le dijo: "ya no quiero sufrir, ya no quiero más pastillas". Laura se las quito y la aisló para que "muriera en paz". Ella con tal de terminar con el sufrimiento de los que llama sus “hijos”  ha recurrido a la Eutanasia.

Dania (15), “yo iba para España y ella me dijo: ‘consígame una pastilla para el Sida, para tomármela y durar un día más, solo un día más’”,  recordó.

En otra ocasión la llamaron por teléfono diciendo que dentro de una cuneta cerca del Hospital Escuela,  estaba un señor lleno de heces, moscas y gusanos, “lo traje lo asee, le puse un suero intravenoso y le hice una sopa de papas" asegura. Pero el señor murió a los ocho días.

Estas personas han  sido remitidas de hospitales públicos y privados y de parroquias. Laura Helena asegura que no  necesitan publicidad, ya que la gente que los visita se encarga de dar a conocer quiénes son, y además en todos los hospitales se sabe de la existencia de Casa Zulema y son ellos quienes  “mandan los enfermos”.

Estos y muchos casos más se han dado en Honduras, debido a que ocupa el quinto lugar del continente americano con un 60 por ciento de enfermos de VIH y Sida. Cerca de 13,000 casos, según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Casi un 79 por ciento de los casos se atribuyen a transmisión heterosexual, un 15 ha transmisión homosexual/bisexual, un 6 a transmisión vertical, y un 1 por ciento a transfusiones sanguíneas.

Ninguna de las voluntarias de Casa Zulema son portadoras; sin embargo, el peligro las acecha, debido al contacto que tienen con objetos corto-punzantes que usan con los pacientes.

Se dio la ocasión que Laura se pincho el dedo con una aguja con la que  recién había inyectado a una niña portadora. Tuvo que tomar los retro virales, durante un mes, “viví en carne propia los efectos de esos medicamentos; mareos, vómito, dolor de cabeza y dolores gástricos” agrego Sánchez,  quien estuvo a punto de ser infectada.
Laura Helena, asegura que el virus “solo vive en la sangre, en la leche materna y en el semen; no en la orina, el sudor,  ni en las eses, tampoco en la saliva”. Y que el condón no es 100 por ciento seguro debido a que “el virus es cien veces” más pequeño que el espermatozoide.
Debido a las escasas defensas en su organismo un paciente de VIH y Sida es vulnerable a diversas enfermedades “gordas”: problemas de hígado, tuberculosis, diarreas, vómitos, gripes y hongos que se alojan en cualquier parte del cuerpo, generalmente en el cerebro.

Una persona infectada debe evitar el consumo excesivo de grasas; carne de cerdo (altamente tóxico),  condimentos, bebidas alcohólicas y las constantes relaciones sexuales. “porque suben los niveles del virus  acelerando la carga viral lo cual acerca el paciente a la muerte” afirma Sánchez.

Recomienda que toda mujer embarazada debe hacerse la prueba con tiempo “porque si sale positiva se le deben aplicar los retro virales  profilácticos,  para que el bebe no se contagie”. Algunos bebes se contagian al nacer porque les cae sangre en los ojos por eso es recomendable que el parto sea por cesárea.
Cuando dos personas portadoras tienen relaciones sexuales, deben tener sexo con responsabilidad, ya que corren el riesgo de aumentar la carga viral. Si uno de los dos tiene una enfermedad, ejemplo la tuberculosis,  se la puede pasar al que no la tiene.

Tanto en Honduras como en otros países el estado esta obligado a proveer medicamentos a los afectados con esta enfermedad. El gobierno invierte de 9 mil a 15 mil lempiras mensuales, en compra de retrovirales, por paciente.

“Lo cierto es que la vacuna que cura el Sida ya salió pero el gobierno compra los  medicamentos más baratos que en otros países como Francia y España ya no se usan  porque dañan el hígado y la medula ósea” puntualiza Laura.
Además de cargar con la cruz de esta enfermedad, tienen que soportar el rechazo y la discriminación de los pobladores “Cuando vamos por la calle la gente nos grita, ¡¡¡ahí  van los sidosos!!!”  Por ello solo salen con Laura los domingos;  a misa, al parque y a la playa dos veces al año.

Los niños que viven en Casa Zulema  y que van a la escuela,  también han sido víctimas de estos atropellos por parte de sus compañeros y de algunos padres de los mismos. “Los niños son terribles”,  un día Carla llego llorando, le conto que el profesor pregunto “¿quién sabia como se contagiaba de VIH una persona?” una niña respondió: ‘Dándole un beso a Karla”.

 Ningún familiar “aporta nada”, este hogar se sostiene “gracias” a la colaboración de algunos colegios y parroquias que dan aportaciones mensuales de dinero, ropa, comida y  zapatos  entre otras contribuciones.

También recibe ayuda internacional de una institución irlandesa llamada Trocaire, su aportación es más que todo para la compra de medicamentos, terapia ocupacional (compra  - venta de plantas y paseos).
Los pacientes se mantienen ocupados cultivando flores y hacen manualidades; bisutería, bolsas y cestas de croché, luego las venden y con el dinero compran desodorantes, rasuradoras,  entre otros productos.
Casa Zulema cuenta con un pequeño terreno donde se las “arreglan” para enterrar a los pacientes que mueren, también cuentan con una despensa de ataúdes. “Cuando alguien muere si la familia no viene a reclamarlo, nosotros lo velamos de ocho a diez horas, cantamos, leemos la biblia y luego lo vamos a enterrar” señala Sánchez.

 “Muchísimas” de las personas que llegan a casa Zulema en una fase terminal sorprendentemente se recuperan y hasta consiguen trabajo “porque aquí los tratamos con amor y el virus no mata, una persona afectada puede vivir cien años” afirma. Según Sánchez lo que mata es la indiferencia, el rechazo y la discriminación.

Desde su fundación casa Zulema ha atendido al menos 800 personas; niños mujeres, adultos y ancianos. Se caracteriza por darle abrigo a cualquier contagiado de VIH que necesite su apoyo; sin importar nacionalidad, edad, género, raza color y nivel económico.






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